Lo que leerás a continuación es una experiencia personal vivida durante mi estancia en Torres del Paine. La comparto desde el respeto, la reflexión y el profundo aprendizaje que dejó en mi camino espiritual.
Hace unos meses viajé por trabajo a uno de los lugares más maravillosos de mi país: Torres del Paine. Fue allí donde confirmé muchas de las sensaciones que venía experimentando desde hacía años, especialmente durante las etapas de mi vida en las que estuve rodeada de naturaleza.
Muchas veces pensamos que los bosques, montañas y senderos están habitados únicamente por árboles, plantas, aves y animales. Sin embargo, con el tiempo he llegado a sentir que existen otras presencias que también forman parte de estos espacios: seres que cuidan, protegen y transitan silenciosamente entre ellos.
Hace algunos años no era tan consciente de estas percepciones ni estaba tan conectada con mis dones como lo estoy hoy. Quizás por eso, esta experiencia tuvo un significado tan profundo para mí.
Durante mi estancia en la Patagonia trabajaba en un hotel rodeado de senderos. Cuando terminaba mi jornada, solía salir a caminar sola. Buscaba tranquilidad, silencio y, en ocasiones, un lugar donde pudiera procesar emociones. Todo lo que estaba viviendo en ese momento era nuevo para mí y debo admitir que la Patagonia tiene una forma muy particular de hacerte cuestionar creencias, enfrentar procesos internos y crecer espiritualmente.
Mi primer encuentro
La primera experiencia ocurrió junto a una amiga que había llegado a trabajar allí antes que yo. Compartíamos el interés por los temas espirituales, así que un día decidimos sentarnos a meditar en medio de aquel paisaje lleno de calma y naturaleza.
Después de algunos minutos, percibí la presencia de dos seres de gran tamaño frente a mí. Medían más de dos metros y emanaban una energía blanca e intensa que resultaba imposible ignorar.
Jamás sentí miedo.
Y eso es algo que he aprendido a reconocer gracias a mi trabajo con los Registros Akáshicos.
Cuando una energía genera miedo, es importante observar con atención.
Pero aquella presencia transmitía exactamente lo contrario: paz, respeto y una profunda sensación de protección.
Continué observándolos mientras permanecía en meditación. Poco a poco comencé a sentir otras presencias alrededor. Cuando abrí los ojos, mi amiga me comentó que ella también había percibido energías diferentes durante la experiencia.
Los Guardianes
Aun así, algo dentro de mí sentía que estábamos entrando en un espacio que merecía ser respetado.
Decidimos regresar al hotel. El sendero estaba completamente vacío y nuestro primer pensamiento fue el más lógico: mantenernos alertas por si algún puma rondaba la zona.
Sin embargo, mientras caminábamos, ambas sentíamos que no íbamos solas.
La presencia detrás de nosotras se hacía cada vez más intensa. A unos metros de distancia percibíamos figuras que parecían pertenecer a otro tiempo. Llevaban vestimentas similares a las de antiguos pueblos indígenas y avanzaban silenciosamente, como si observaran nuestro paso con curiosidad.

Para salir del sendero debíamos cruzar un puente. Cuando llegamos aproximadamente a la mitad, escuchamos unos pasos fuertes resonar detrás de nosotras.
Nuestro instinto fue simple: salir de allí.
Pero la historia no terminó en ese momento.
Días después realizamos otro recorrido, esta vez durante la noche. Volvimos a sentir la presencia de aquellos seres, pero la energía era completamente diferente.
Entre ambas experiencias ocurrió algo importante.
Decidí regresar sola al lugar donde había tenido el primer encuentro. Antes de entrar al sendero, pedí permiso. Declaré mis intenciones y expresé mi respeto hacia el lugar.
A partir de ese momento todo cambió.
La sensación fue distinta. Comprendí que ciertos espacios deben ser visitados con consciencia, humildad y respeto.
La Respuesta de los Registros
Cuando regresé a la ciudad después de un mes en la Patagonia, escuché testimonios similares de personas que habían estado en Torres del Paine y que habían percibido experiencias difíciles de explicar.
Obviamente no podía quedarme con la duda.
Mi curiosidad por comprender lo que había vivido era más fuerte, así que recurrí a los Registros Akáshicos. Las respuestas comenzaron a llegar de distintas maneras: sueños, mensajes inesperados en redes sociales y una sensación constante de que había algo más que necesitaba comprender.
Cuando finalmente pregunté por aquellos seres que había percibido en los senderos y bosques, recibí el siguiente mensaje:
“Cuando la humanidad comprenda que la naturaleza es sabiduría, guía y respuesta, comenzará a protegerla del mismo modo en que nosotros, los seres elementales y guardianes de estos espacios, lo hacemos.
La naturaleza entrega sus bondades a quienes la respetan y la cuidan. Los bosques nativos permanecen resguardados por espíritus ancestrales que sostienen su memoria y equilibrio.
Protejan. Levanten la voz. Conecten con nuestro reino. La naturaleza es la Madre Sabia. La historia de ustedes siempre lo ha sabido, aunque muchas veces lo hayan olvidado.
Nosotros seguiremos cuidando estos lugares, pero juntos podremos ayudar aún más a los habitantes de la Tierra: animales, plantas, seres visibles e invisibles y, como consecuencia, a la propia humanidad.”
No sé si todos vivirán experiencias similares a la mía ni si todos interpretarán estos mensajes de la misma forma.
Lo que sí sé es que desde entonces mi relación con la naturaleza cambió para siempre.
Cada bosque, montaña o sendero dejó de ser solamente un paisaje. Comencé a percibirlos como espacios vivos, llenos de memoria, presencia y sabiduría.
Y quizás esa fue la enseñanza más importante de todas:
No estamos separados de la naturaleza.
Formamos parte de ella.
¿Has sentido alguna vez una presencia especial en la naturaleza?
Si te gustaría compartir tu experiencia, puedes escribirme o dejar tu reflexión.